Por qué los líderes necesitan claridad antes de buscar consenso.

Autor: Alejandro Masís. Director de Impacto

Uno de los desafíos más frecuentes del liderazgo es enfrentar opiniones contradictorias. En cualquier organización, cada decisión genera comentarios, recomendaciones y críticas desde distintos frentes: colaboradores, clientes, jefes, colegas o incluso observadores externos.

Escuchar distintas perspectivas es valioso. Pero cuando un líder intenta responder a todas ellas, corre el riesgo de perder claridad y dirección.

Una vieja fábula ilustra muy bien este problema.

Cuenta una vieja historia que un hombre viejo y un niño iban caminando por un camino con un burro. Al pasar cerca de un grupo de personas los oyeron comentar: “Qué barbaridad, ese pobre hombre caminando y ese niño, con toda su juventud, montado. Ya no se respeta a los mayores.” Al escucharlo, ambos pensaron que tal vez las personas tenían razón, por lo que el niño bajó y le dio el burro al anciano, y siguieron su camino.

Más adelante se encontraron con una pareja de esposos que al verlos comentaron: “Cómo ese señor lleva a ese pobre niño caminando, es una injusticia.” Después de oírlos pensaron que lo mejor era que ambos caminaran y jalaran al burro.

Pero cuando se cruzaron con un grupo de caminantes que exclamaron: “¡Qué brutos! Qué desperdicio tener un burro y no montarlo”, decidieron que lo mejor era que los dos se montaran en el burro.

Al continuar su camino se encontraron con un grupo de jóvenes de largos cabellos que, hablando fuerte para asegurarse de que el niño y el anciano los oyeran, dijeron: “Eso es una injusticia, hay gente que no piensa en los animales.” El niño y su acompañante decidieron entonces que lo que debían hacer era cargar al burro, y así lo hicieron.

Poco después de comenzar a cargar al animal se toparon con un puente y se dispusieron a cruzarlo. No pudieron sostener más al burro, se les cayó en el río y se ahogó.

La moraleja es sencilla: quien intenta complacer a todo el mundo termina perdiendo el rumbo, caminando solo… y agotándose en el intento.

En liderazgo esto ocurre con más frecuencia de la que imaginamos. En muchas organizaciones los equipos cambian de rumbo constantemente. Una reunión con un cliente genera una nueva prioridad. Un comentario de un directivo provoca un ajuste reactivo en los planes de trabajo. Una crítica externa obliga a replantear lo que ya se había decidido. El resultado es un equipo que invierte tiempo y energía reaccionando a cada voz que aparece en el camino.

El problema no es escuchar. De hecho, los buenos líderes escuchan activamente distintas perspectivas. El problema aparece cuando no existe un criterio claro para decidir.

Antes de ponerse al frente de un grupo, un líder necesita tener claridad sobre tres cosas fundamentales: su propósito, sus principios y la dirección que quiere seguir. Cuando estos elementos están claros, las opiniones externas se convierten en información útil, pero no en fuerzas que desvían continuamente el rumbo. Un líder efectivo escucha, analiza y considera distintas perspectivas. Pero finalmente decide desde un rumbo claro.

Paradójicamente, esto es lo que termina generando mayor compromiso en los equipos. Cuando las personas perciben que existe una dirección clara, aunque no siempre estén de acuerdo con todas las decisiones, pueden comprender el sentido de lo que se está haciendo y comprometerse con ello.

Por el contrario, cuando el rumbo cambia constantemente para responder a cada opinión, el equipo termina confundido sobre qué es realmente importante.

Liderar no significa tratar de agradar a todos. Significa tomar decisiones coherentes con un propósito y una dirección, manteniendo el balance delicado entre la convicción del rumbo decidido y la apertura de aprender y evolucionar en el camino. Porque cuando la dirección no está clara, cualquier opinión termina definiendo el camino.

Antes de cambiar una decisión por la opinión de otros, pregúntate: ¿Esta opinión aporta información nueva? ¿Está alineada con nuestras prioridades y propósito? ¿Podría acercarnos a nuestra aspiración?

Porque, al final, intentar complacer a todos suele terminar exactamente como en la fábula: perdiendo el burro en el río.